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CUENTOS Y MAS CUENTOS

CUENTOS Y MAS CUENTOS

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La mujer más bella del mundo

A un cálido y hospitalario pueblo caribeño bañado por un precioso mar multicolor había llegado una feria procedente de lejanas y extrañas tierras, y precedida de gran fama e inusitado alboroto. La exótica feria traía con sus múltiples atracciones y diversos espectáculos: la alegría y el sano entretenimiento que a su paso ya había despertado en cada uno de los pueblos visitados, cautivándoles y exaltando su más febril imaginación.

La casa de los espejos del tiempo, el museo de cera, el castillo encantado, el pozo de los deseos, los animales del pasado y las maravillas del mundo, entre otras atracciones, hicieron desde aquel día las delicias de los niños y jóvenes, y la alegría de los adultos y ancianos del lugar.

No bien había llegado la hora de apertura de la feria, cuando largas filas de hombres, mujeres y niños de todas las edades esperaban ansiosos el momento de entrar para disfrutar así de las más variadas y atractivas funciones. Casi desde el inicio, la abigarrada y bulliciosa fila de mujeres que deseaba verse en los espejos del tiempo y de la vanidad, a los que se tenía acceso pagando sólo una moneda, se mantuvo como la de mayor pedido y atención por parte del público. En cambio, una curiosa y al principio no muy tenida en cuenta atracción: hablar con la mujer más bella del mundo, pasó algo desapercibida.

Era extraño el hecho que tan sólo se pudiera hablar con ella y no verla -como era lo más lógico y esperado-; pero esa era la regla y los pocos que asistieron así lo entendieron hasta el punto que esperaron ansiosos la hora de hablar personalmente con la muchacha y gustosos reservaron sus dos monedas.

De los que hacían fila para hablar con ella, eran los jóvenes lo que se mostraban como los más deseosos y entusiasmados por entrar, y entre algunos se transaron apuestas por ver quién sería el primero en llegar a verla, salir con ella y hasta conquistarla. Los hombres adultos eran un poco más reservados y se les veía algo incómodos, pues, muchos de ellos eran casados o tenían mujer e hijos y quizás no sabrían explicar el por qué deseaban ver o hablar con la mujer más bella. Unos pocos ancianos, que también esperaban, parecían haber rejuvenecido con la sola expectativa y estaban alegres.

A Mateo, uno de los muchos jóvenes que esperaba, le llegó el turno para entrar. La tarde había declinado y un rojo plomizo pintaba el horizonte. Esta fue la última imagen que él vio antes de pasar a la tienda en donde esperaba la bella mujer. Un corpulento hombre que custodiaba la entrada, y que parecía más un eunuco oriental sacado de un harén imperial que un guardia, le hizo pasar y sentarse sobre una vieja silla de madera.

Una vez allí, inspeccionó todo a su alrededor. Había un profundo silencio y el ambiente, aunque sobrio y sin mayores arreglos, era cálido y amable.

Pasados, apenas, unos pocos minutos una luz tenue iluminó el recinto. Mateo pudo entonces ver que al fondo de la tienda había una especie de reclinatorio con una pequeña rejilla ubicada a media altura del mueble. Al tiempo, apareció una mujer anciana toda ella envuelta en ropas negras, que le dijo:
-Acércate. La joven está al otro lado de la rejilla y gustosa atenderá tus inquietudes. Dispones de sólo tres preguntas.

Mateo se levantó tímidamente con las ideas y el corazón hechos un torbellino y sin una idea clara de lo que quería realmente preguntar. Una vez acomodado pegó la boca a la rejilla y dijo:
-¿Estás ahí?...
-¿Es esta tu primera pregunta? -le contestó del otro lado una suave y melodiosa voz.
-¡No, claro que no! -replicó Mateo-. Es que no sabía si ya estabas allí.
-Si, aquí estoy -dijo la muchacha-. Puedes preguntar.
-¿Qué edad tienes? -se apresuró a decir Mateo.
-Todos, casi todos quieren saber lo mismo -dijo sin mayor sorpresa la mujer-. Pero, en fin, te diré,. No soy niña ni joven como tampoco adulta ni anciana, pues, el tiempo al pasar no deja huella en mí. Tengo los años de la mujer de tus sueños y la alegría de mi corazón no tiene edad en el tiempo.
-¿Cómo te llamas? -continuó Mateo.
-Mi nombre lo cantan las aves y también los arroyos; pero, para los hombres, mi nombre es aquel que con más dulzura e ilusión quisieran pronunciar, y yo me complazco con ello y, por supuesto, se los agradezco -contestó de corazón la mujer.
-¿Por qué no te dejas ver? -preguntó Mateo con cierta ingenuidad.
-No es del todo cierto -replicó la mujer-. Y tú ya me has visto muchas veces; sólo que por alguna razón no has reparado en mí. Ya llegará el día en que nuestros caminos nuevamente se crucen y, tal vez, para entonces, realmente me veas. Ahora no puedo decirte más.

Mateo estaba confuso y quiso continuar preguntando, pero la mujer de negro apareció a su lado para indicarle que se había terminado el tiempo y que debía salir. Mateo se levantó y, musitando un apagado adiós que le fue contestado con un hasta siempre, salió de la tienda.

De camino a su casa, Mateo se fue imaginando cómo sería aquella misteriosa y enigmática mujer. La imaginó de cabellos dorados como la espiga, de tez blanca y pálida, y de fina y grácil figura. La vio de ojos azules pero tristes y sus labios besaban el viento y cantaban canciones de amor. Su nombre sería Alondra y sería tan dulce como su más grato sueño de amor...

A la mañana siguiente, no antes del medio día, Marco, un hombre maduro, de unos 40 años, casado y con tres hijos, se decidió a entrar en la tienda. Éste, al igual que muchas de las personas del pueblo, sabía todo y nada acerca de la muchacha; pero, lo que más le inquietaba era su propia razón para estar allí: curiosidad, desengaño o ilusión.

Sentado en la silla de madera y esperando el debido momento para hablar, Marco se dedicó a observar cuidadosamente la improvisada tienda. Sin embargo, no fue ningún adorno u objeto en especial lo que llamó su atención; fue un fragante y suave aroma: un perfume de mujer, delicioso y embriagante, hasta ahora desconocido para él.

Absorto en su percepción, Marco no se percató del ingreso de la mujer de negro que se apresuró a darle las consabidas instrucciones y le dejó allí solo frente a la rejilla.
Marco, vacilante y acariciando su espesa barba, no se atrevió a hablar. Fue entonces la muchacha quien dijo:
-¿Son dudas o temores lo que percibo en tu silencio o, acaso, más que preguntas, lo que en verdad buscas son sugerentes respuestas?...
-Sí -asintió Marco-. Estoy desconcertado y algo hay en mí y en mi vida que no marcha como debiera. Vine porque pensé que al verte o al hablar contigo mi corazón podría volver a sentir el amor que hace algún tiempo se marchó de mi lado.

Enseguida, la muchacha le contestó:
-El amor que tú dices haber dejado de sentir no se ha marchado nunca de tu lado. Sucede que éste duerme tímidamente en tu corazón y siente temor de expresarse nuevamente. Estás confundido y en medio de ello te has cerrado al mundo y, en especial, a los seres que te aman.

Marco, que le había escuchado atento, le instó a continuar diciendo:
-Si esto que dices es cierto, ¿cómo es que ya no puedo ver a mi mujer como antes la veía y cómo es que añoro los momentos libres de mi juventud cuando todo era encanto, alegría y despreocupación, y cuando el amor era la cosa más maravillosa del mundo?.
-El amor -contestó la muchacha- ofrece facetas, tonos y matices distintos a cada instante, y no podemos fijar un color o un tono para siempre, ya que con ello impediríamos que el amor creciera y madurara en nosotros. El amor que tú añoras es el amor que encierra la pasión y el deseo, y aunque en él se trasmiten con más intensidad nuestras emociones, no podemos cifrar ni dejar en él todas nuestras ilusiones.
El amor es como el mar: a veces calmado, a veces tempestuoso; pero, siempre, en continuo y perpetuo movimiento. Debes aprender a viajar sobre sus cristalinas y espumosas olas, y a conducir con suavidad y destreza su navío; pues, el mar, si tú te abandonas a él, podría llevarte a cualquier lugar y luego no podrías culparle por mostrarte una playa desconocida o por sumirte en sus más oscuras y secretas profundidades.

Marco volvió a preguntar:
-En tal caso, ¿qué puedo hacer para recobrar esa imagen bella y tierna del amor y para reencontrarme con la persona de quien tanto un día me enamoré?
La mujer le contestó:
-No veo que esto sea difícil para ti, puesto que tienes un corazón noble y un alma justa y bondadosa. Piensa en aquella flor silvestre que solías colocar en su cabello y en aquellas canciones de amor que le cantabas en las noches de luna llena. Recuerda aquel primer tierno beso que llenó de emoción vuestras almas y escucha los silencios profundos de las miradas extasiadas que os acercaron para siempre. Piensa en que parte de su belleza la ha sacrificado por darte unos hijos hermosos que son tu orgullo y tu más profunda alegría. Imagínala ahora en vuestra casa cuidando de ellos y esperando la hora de tu regreso para recibirte, tal vez, ya no con el mismo ímpetu y fogosidad de otros años, pero sí con profundo amor y paciente ansiedad.

La mujer continuó hablando durante otro buen rato hasta que Marco le pidió que por favor no dijera nada más, que ya había comprendido muchas cosas que él mismo se había negado a aceptar y que quizás había olvidado.

Marcó salió pensativo pero reconfortado de la feria. De camino a su casa recortó unas flores silvestres y se fue silbando una vieja canción de amor que alguna vez le cantara a su joven y bella esposa. De pronto sintió cómo en su corazón se avivaba la tibia llama de un amor cierto pero lejano y, entonces, con tímida ansiedad, apuró el paso...


Al día siguiente, a la tienda de la mujer más bella, llegó Ruth, una de las prostitutas más solicitadas del pueblo, quien tan pronto como ingresó, decidida y sin reparos, increpó a la furtiva muchacha:
-Esto es una farsa y no comprendo cómo es que los hombres soportan este engaño y esta falsedad -dijo con vehemencia-. ¿Bella, tú?. Belleza, la mía -afirmó.
Y, sin decir más, se despojó de su dorada túnica y quedó totalmente desnuda allí frente a la muchacha. Luego dijo:
-Los hombres me buscan con frenesí y calman en mí toda su sed de amor y dicen no haber conocido ni visto a una mujer más hermosa y más complaciente que yo en todo el mundo.
Ruth habló precipitadamente y hasta con rabia y no disimulado orgullo y vanidad. Durante un instante reinó un agitado silencio, y Ruth, allí, de píe, altiva y desafiante, con sus cabellos largos y de un rojizo llameante, sus ojos verdes, su nariz recta y fina, sus labios carnosos, sus dientes blanquísimos, su piel lisa, tersa y color canela; con sus pechos grandes y erectos, su cintura estrecha y cimbreante, sus caderas redondeadas y simétricas, su trasero levantado y pletórico, su pubis suave y rizado, y sus piernas largas y perfectas, pareció haber enmudecido a la muchacha. No obstante, ella dijo:
-Vístete, bella y hermosa mujer. Siento no poder verte con los ojos de los hombres que aún no te han amado, para apreciar y valorar debidamente tu real belleza; además no seré yo quien te juzgue sino tú misma.

Ruth recogió su larga túnica y lentamente se cubrió. Entre tanto, la bella mujer continuó diciendo:
-Más que tu cuerpo, tus formas o lo que tu piel fina y bronceada transmite, ha sido tu mirada lo que más me ha cautivado. Ella es triste y mira con ira y dolor; pero, así mismo, con amor y esperanza. Tu vida no ha sido fácil pero tampoco te has ayudado, ya que no te has permitido descubrir otros valores ocultos ni distintos a los que tu cuerpo encierra.

Ruth, más calmada y menos desafiante, se atrevió a preguntar:
-¿Qué hacer para mostrar una belleza diferente y ser amada por lo que realmente soy?
-No es fácil responder a esto -le contestó con sinceridad la muchacha-. Por ello, antes quisiera que te miraras en los espejos del tiempo y vieras a la que sería de ti en unos años si sigues por el actual camino. Esto te ayudará a comprender que la belleza física se acaba: en unos casos, poco a poco; en otros, como el tuyo, muy rápido y en vano. Vuelve a tus primeros años y recupera parte de esos sueños perdidos y olvidados. Perdona las circunstancias de tu destino y rehace tu vida, siendo, ante todo, honesta y sincera contigo misma.

Ruth había agachado su cabeza y de sus bellos ojos resbalaban unas fugitivas y amargas lágrimas. En tanto, la mujer continuó:
-Si el día de mañana vuelves a entregar tu cuerpo y tu belleza, tu amor y tus caricias, que no sea por unas simples monedas ni por unos fatuos y relucientes aderezos ni por finas telas para lujosos vestidos, sino que sea porque desees regalar algo muy preciado de ti y de tu corazón. Que el hombre que te merezca no sea aquél que más pueda pagar sino aquél que vea en ti la realización de sus sueños, y sea quien descubra en ti la semilla que habrá de continuar sus pasos por el mundo y, acaso, vea también, su propia sangre palpitando en otras venas.

Ruth no hablaba, sólo sollozaba mientras que la mujer, en tono casi maternal y de consejo, seguía diciéndole:
-No muestres tu cuerpo sin que antes hayan visto tu alma. No des tus caricias sin antes recibir una tierna mirada de amor. No malgastes tu vida ni llenes de vacío tu alma con la soledad y la angustia de tus hombres ni con el egoísmo de tus desconocidos y secretos amantes.

Ruth, aunque descompuesta, agradeció las palabras de la muchacha y se disculpó por su primera actitud al llegar, y antes de partir le dijo:
-Nunca antes me habían hablado así y ahora temo no saber qué hacer ni qué decir. Déjame regresar después de que me vea en los espejos del tiempo y, para entonces, hasta me permitas conocerte.
-Sí. Cuando quieras -contestó amablemente la muchacha-. Quizás, tú también me veas. Aunque, claro, eso me está prohibido -acotó con firmeza-; pero algo hay en ti que me llena de valor y de absoluta confianza, y además porque siento que tú eres...
Y en ese momento se calló, como queriendo silenciar algún secreto de su corazón, y, a cambio, terminó diciendo:
-Bueno, pero eso ahora no importa. Ve y si quieres regresa, que yo te esperaré.


Ruth, al día siguiente, fue a verse en los espejos del tiempo. Después de esperar más de dos horas finalmente estaba allí frente al espejo del pasado. Programó el reloj del tiempo y el espejo empezó a mostrar los aspectos más importantes de su vida. Tuvo una infancia feliz pero su juventud le fue adversa. Su padre al morir repentinamente en un accidente le había dejado a ella, a sus dos pequeños hermanos y a su enferma madre, sin recursos suficientes para subsistir. Su madre, tratando de resolver los problemas económicos de la familia, terminó por aceptar un trabajo en una casa de lenocinio en donde hacía el aseo general y, en pago, le daban comida y abrigo para ella y sus hijos. Sin embargo, el dueño de la casa, un viejo sátiro, se enamoró perdidamente de Ruth y azuzó a la madre para que la jovencita aceptara sus galanteos, garantizándole, por ello, un mejor trato y buena recompensa. Ruth, ingenua, temerosa y, ante todo, compadecida por la suerte que pudieran correr su madre y sus hermanos, terminó -contra su voluntad- por aceptar. Al poco tiempo, la madre murió, y Ruth quedó en total poder del viejo, que ya no sólo la tenía para satisfacer sus caprichos, sino para los de sus clientes más asiduos y especiales...

A esta altura, Ruth estaba llorando y no deseaba revivir su triste historia ni su amargo pasado. Sin más, detuvo el reloj del tiempo y se fue en busca del espejo del futuro. Estando allí, observó que este espejo le ofrecía dos alternativas: seguir por el camino por el cual venía su vida o un nuevo destino. La primera opción no fue más que ver el mismo camino trillado de su vida, que no le había dejado nada positivo hasta el momento. Fue, pues, la segunda opción la que llamó poderosamente su atención. Sin dudarlo, la seleccionó. Imágenes rápidas y difusas pasaron aceleradas como si estuviera viajando a gran velocidad. Después de un momento, las imágenes del espejo se hicieron claras y definidas: había un paisaje primaveral y de verdadero ensueño. El cielo era azul y se reflejaba sobre un pequeño lago que bordeaba las montañas verdes y floridas de un valle. Casi como incrustada en este lindo paisaje, Ruth observó una casita de madera sobre una pequeña planicie. De la chimenea de la casa salía un humo gris, suave y perezoso. En ese instante se abrió la puerta, y de la casa salieron dos bellos niños corriendo bulliciosamente. El mayor, un niño de unos siete años, tenía los cabellos negros y rizados y una tez blanca y rosada. La niña, de unos cinco años, era hermosa, de cabellos rojizos y piel canela, muy parecida a ella: _¡Sí, a ella misma!. Ruth quedó paralizada, mustia. La piel se le erizó y no sabía qué hacer ni qué decir. Al momento, un hombre alto, acuerpado y muy varonil, con aspecto de labriego, salió de la casa dando un adiós con su sombrero a quien se hallaba dentro de la misma. Luego besó tiernamente a los niños y subió a una carreta que tirada por dos grandes y fuertes caballos se alejó hasta perderse por un camino demarcado por grandes sauces simétricamente sembrados.

Ruth mirando con nostalgia al hombre que se marchaba en la carreta, no se dio cuenta de que a la puerta había salido una mujer alta, de cabellos rojizos recogidos con esmero por una larga trenza, y que vestía con sencillez y delicada feminidad. Un vestido largo y rosado cubierto por un delantal blanco sobre el que se destacaban unas letras bordadas a mano que decían: "HOGAR", realzaban aún más su bella figura. Pero fue sólo, hasta cuando la voz de la mujer se escuchó llamando a los niños: "¡Hijos, Juanito y María, vengan a comer...!", que Ruth volvió a la realidad.

A ella le pareció verse de nuevo: primero retratada en la niña y luego en lo que siempre había sido su más caro sueño: un lindo hogar, un esposo cariñoso, y unos lindos hijos. ¡Una vida de verdad!

La mágica visión del espejo comenzó a evaporarse y Ruth, como embotada y caminando por el aire, no supo a qué hora fue sacada por una señora gorda y fea que obligaba a su esposo a que la viera tal y como ella había sido en su juventud, al tiempo que le decía:
-¡Míreme, míreme!, ¿o es que acaso cree que siempre he sido gorda?. _¡Nooo, ¿qué se cree?! Si estoy gorda y fea es por su culpa, ¿o es que tener seis hijos no es nada?. Ya quisiera verlo pariendo al menos uno. ¡Majadero, fíjese bien, que hasta yo era bonita!. Debí hacerle caso a mamá cuando me dijo que con usted no llegaría a ninguna parte. Que si a cambio...

Y la mujer gorda siguió con su aprendida y ya desgastada perorata; pero Ruth ya no estaba allí para escucharla.


La feria cumplía su quinto día y no quedaba nadie por asistir, salvo por Abraham, el viejo rico y avaro del pueblo, que, con todo, no pudo resistir los encantos de la feria.

Aquella noche esperó a ser el último en visitar la tienda de la mujer más bella del mundo y, finalmente, entró.

Ya en la tienda, Abraham consultó su reloj de bolsillo, el cual, a pesar de la lobreguez del recinto, brillaba con dorados destellos. Eran las siete de la noche cuando entró la mujer de negro.

El viejo, en tono desdeñoso y displicente, le recordó que llevaba allí tres minutos esperando y que su tiempo era muy valioso para desperdiciarlo tontamente. La mujer no contestó a esto y le dejó allí con la joven.

Abraham se acercó y rápidamente habló:
-Señora o señorita o quien quiera que sea, no voy a hacerle perder su tiempo. Quiero comprobar por mis propios ojos si es usted tan bella como dicen y, además, le recuerdo que yo he pagado por ello y que no me gusta malgastar mi dinero.

-Gracias por su consideración, señor -le contestó la muchacha en tono conciliador y delicado-; pero mi tiempo sólo tiene valor en la medida de qué tan bien o mal lo utilizo, y nunca lo mido en términos de dinero.

-¡Bueno, bueno, está bien! No deseo discutir con usted -dijo el viejo, mirando otra vez su reloj-. ¿Por cuántas monedas más me estaría permitido verla? -preguntó con insistencia-. Estoy dispuesto a pagar lo que sea.
-Por ninguna ni por todas las monedas del mundo -dijo en tono sereno la muchacha-. Simplemente no puede ser y así debe entenderlo.
-Pues, usted se lo pierde -replicó, vanidoso, el viejo-. Si me hubiera gustado le habría ofrecido todo lo que a cualquier mujer le atrae: joyas, brillantes, vestidos, lujos, perfumes, viajes y todo, todo, cuanto hace feliz a una mujer.
-Es usted muy generoso -dijo la joven-; pero nada de eso me llama la atención y lamento que haya mujeres que se dejen deslumbrar y conquistar por ello.
-¡Bah!, tonterías -dijo casi riendo Abraham-. He viajado por todo el mundo y he conocido y tenido mujeres de todas las edades, razas, color y religión y, ninguna, ha rechazado mis regalos ni las bondades de mi riqueza.
-¡Qué bien! -le contestó con orgullo la muchacha-. Esto quiere decir que tengo la fortuna de ser la primera mujer en rehusar sus ofertas y su gran riqueza; y en verdad lamento, que por esta vez, no haya conseguido lo que desea.
-No importa -dijo el viejo irónicamente-. Tengo y tendré las mujeres que quiera. Una menos no me hará falta.

El hombre se dio la vuelta para marcharse, pero la joven le detuvo diciéndole:
-Señor, debo decirle que de todas las personas de este pueblo es usted el único de quien no puedo llevarme nada, ni siquiera su dinero.
Al instante apareció la mujer de negro llevando sobre una pequeña bandeja las dos monedas. El viejo miró a la adusta anciana sin darle importancia y, sin decir nada, tomó las monedas y se marchó.


Llegó el último día de la feria. Era el séptimo día y el pueblo entero había gozado a plenitud. La feria dejaba ya en todos un recuerdo grato e imborrable, al tiempo que la nostalgia de un suceso sin igual que sólo se repetiría muchos años después.

Ruth esperó el momento más oportuno para volver a hablar con la muchacha y, por alguna razón desconocida, también aguardó hasta el último instante, siendo con ello la última persona del pueblo que llegó a visitarla.

El guardia que custodiaba la tienda, con gesto autómata, se hizo a un lado y la dejó pasar. Ruth iba vestida con una túnica azul y llevaba un manojo de rosas blancas en la mano. Estaba nerviosa y, de momento, no quiso sentarse a pesar de la amable invitación que le hiciera la mujer de negro.
Fue la muchacha que al verla entrar habló con emoción:
-Has vuelto querida amiga. Qué gusto y qué alegría me da verte. Tenía pena de no despedirme de ti. Pero, vamos -le dijo como apremiándola-, siéntate. Quiero que hablemos.

Ruth, con voz temblorosa y apagada, dijo:
-Gracias, yo..., yo tenía mucho temor de venir; pero, también, algo me decía que debía hacerlo. Y..., bueno, aquí estoy.

Antes de continuar, Ruth respiró profundamente y luego, con más calma, dijo:
-Antes quiero que sepas que estas sencillas rosas las he traído para ti en profundo agradecimiento por lo que has hecho por mí. Gracias a ti descubrí la posibilidad de encontrar un mundo diferente; pero no sé, si éste sea real, y temo que no sea más que un lindo y fantástico sueño o una pasajera ilusión de feria.

La mujer, tras escucharla en total silencio, entonces habló:
-Querida amiga, no dudes del porvenir mostrado en los espejos del tiempo, puesto que ha sido tu corazón, no tus ojos, el que ha visto por ti; y sólo lo que el corazón ve y aprueba es lo que en verdad tiene sentido y valor en la vida. La belleza y el amor no están en los ojos de quien mira sino en el alma y en el corazón de quien sueña. Y tú, bella amiga, a pesar de lo cortas y fatigantes de tus noches, nunca has dejado de soñar. Sin embargo, debes tener fortaleza para luchar por ese ideal y no dejarte doblegar por los múltiples obstáculos y dificultades que debas afrontar hacia el futuro -concluyó la muchacha.

-Sí. Lo sé -repuso Ruth, con humildad y agradecimiento.
Luego, más animada, se atrevió a decir:
-Tú me ves pero yo no a ti. Y no quisiera irme sin antes verte. Quiero comprobar si realmente eres mi amiga: mi única y verdadera amiga. La que jamás tuve y la que jamás volveré a encontrar. Sólo mirándote a los ojos sabré si no son vanas tus dulces y sinceras palabras y si en tus cálidas frases se encierra la semilla de una leal amistad.

-Tienes razón -dijo en tono consecuente la muchacha-. La última vez te dije que si volvías tal vez me verías y trataré de cumplir. Espera un momento.

Durante unos minutos, eternos momentos para Ruth, gravitó un pesado silencio. Pero luego se escucharon unas voces en lengua de gitanos -desconocida para ella-, en una larga discusión en la que sólo se distinguía la dulce voz de la bella mujer.

-¡Ruth! -llamó, de pronto, la muchacha-. Tengo antes algo que confesarte: para acceder a tu petición prometí, de ahora en adelante y durante siete años, un voto de silencio y, además, no participar de la feria sino como ayudante en trabajos domésticos. Pero créeme que no me importa ni el silencio ni el trabajo, si puedo ser para ti como tú lo eres para mí: una verdadera e inolvidable amiga.

Ruth escuchó expectante y ansiosa y luego contestó:
-¡Oh, no!. En esas condiciones no aceptaré que dejes el trabajo que con gusto haces, y que además te veas sometida al castigo y la terrible soledad del silencio. Mira que te lo digo yo, que durante años no hablé de corazón con nadie hasta que llegaste tú...

En ese preciso momento se encendió con más brillo la pálida luz que iluminaba la tienda, e hizo su prohibida aparición la hasta entonces y desde siempre oculta mujer: LA MUJER MÁS BELLA DEL MUNDO.

Ruth, que se había incorporado cuando con más brillo se avivó la luz, quedó asombrada, pasmada, casi transfigurada, y no musitó ni una sola palabra. Sin darse cuenta, dejó caer el manojo de flores a sus píes y se llevó, trémula, las manos a la boca, en total muestra de sorpresa y admiración por la imagen que veían sus ojos, los cuales brillaban a punto casi de llorar, presos de una emoción callada e indescriptible.

La bella mujer se adelanto hacia Ruth y dijo:
-Aquí estoy, Ruth. Qué agradable sensación de libertad y qué profunda y verdadera alegría me da saber que, al menos para alguien, no seré más un enigma ni una dudosa fantasía de sus sueños.
Ruth, aún sorprendida y sin dar crédito a sus ojos, simplemente expresó:
-¡Dios mío, no es verdad. No puede ser verdad. Dime tú misma que esto no es real!
-Sí, Ruth -le dijo con alegría en los ojos la muchacha-. Es cierto. Como todo lo que las personas de noble corazón de este bello y gentil pueblo vivieron y obtuvieron al paso de esta agradecida y pasajera feria.

La mujer se aproximó un poco más y recogió las rosas blancas. Las acercó a sus finos labios, suavemente las besó y dijo:
-Gracias, Ruth, por este dulce y hermoso obsequio. Es el más lindo y gentil regalo que jamás antes recibiera.

Al tiempo que hablaba tomó las suaves manos de Ruth y, mirándola fijamente a los ojos, le preguntó:
-¿Amigas...?
Ruth, con lágrimas en los ojos, sin vacilar le contestó:
-¿Amigas?, ¡Sí!, ¡Amigas por siempre!
Y, fue así como, durante segundos infinitos, las dos mujeres se abrazaron y se confundieron en un sólo ser: dulce, amorosa y fraternalmente...

La feria se marchó al día siguiente poco antes de que el alba despuntara con un sol de sortilegio y ensoñación. En el aire quedaron durante días incontables: las voces, las risas, la alegría, la novedad, la fantasía y la magia cierta de los acontecimientos que sólo tienen cabida en los pueblos en los que su gente vive con sencillez pero en paz consigo misma y con sus semejantes.



Bogotá-Colombia, Agosto 18 de 1.992

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